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El oso de Wenders

Publicada el lunes 8 de agosto de 2005 por Jorge Gómez Jiménez
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Eric SchmidtEn 1991 Wim Wenders presentó Hasta el fin del mundo, una película extraña y maravillosa —como el conjunto de su obra— cuyos protagonistas se «drogan» con sus propios sueños.

La película estaba ambientada en el futuro, un futuro que hoy es pasado: el año 1999. En cierto momento de la trama, un cazarrecompensas ruso debe localizar a Sam Farber (interpretado por William Hurt), quien se encuentra escondido, quizás a miles de kilómetros de distancia, y recurre a un software de búsqueda global que, analizando los datos de bancos, tiendas electrónicas y otros recursos, le proporciona —usando como interfaz un oso, Bounty Bear, que camina por todo el globo terráqueo y se agacha cuando cree que ha encontrado algo— la ubicación exacta de esa persona, al menos al momento de hacer su último contacto con algún proveedor virtual.

Hoy sabemos que el argumento no es descabellado. Es más: saber que no es descabellado es un conocimiento más firme que el que tenemos sobre los datos que dejamos desperdigados por allí (o que otros publican por nosotros, que de todo hay).

Justamente fue esta la premisa que empleó Elinor Mills cuando redactó su nota «Google balances privacy, reach», en la que reveló ciertos datos personales de Eric Schmidt, presidente de Google (en la gráfica), descubiertos tras una sesión de 30 minutos en… Google. Schmidt ha respondido, según News.com, cerrándole el paso a los periodistas de este importante sitio de información tecnológica, reafirmando que conceptos como libertad de expresión y libre acceso a la información es algo que atañe a gobiernos y ciudadanos, pero no a la empresa privada. Si los datos personales de Schmidt (tales como el dinero que ganó el año pasado o el nombre de su esposa) fueron descubiertos en una búsqueda en Google que ustedes o yo podríamos haber hecho, ¿no son datos públicos? Schmidt cuelga al mensajero.

Los datos personales son como el oro para spammers y otros comerciantes informales de la era tecnológica. Se encuentran por doquier y hay hasta quien los recopila para venderlos. Aquí un ejemplo para sumar 2+2. Tras el procedimiento adecuado de búsqueda, podemos obtener los números de identidad y las fechas de nacimiento de muchas personas. Aplicando más tarde un poquito de creatividad, podemos entrar a servicios que presumamos —o sepamos— empleen esas personas, pues es práctica común, dictada por la impericia en la mayoría de los casos, usar el número de identidad o la fecha de nacimiento como clave para el ingreso en esos servicios.

La preocupación del público por la privacidad ha generado toda una serie de adminículos para resolver los problemas derivados de nuestra exposición al éter. Software anti spam, sistemas que generan personalidades ficticias, programas para el resguardo de la información privada son algunas de las estrategias al uso para evitar que el oso de Wenders nos localice. Pero lo cierto es que el principal difuminador de la información privada del individuo es, ni más ni menos, el individuo mismo.

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Categoría: Artefactos

6 comentarios en «El oso de Wenders»

  1. Topocho dice:
    lunes 8 de agosto de 2005 a las 1:39 pm

    Me imagino que tienes la esperanza de que alguien siga la idea y llegue a la conclusión de que los blogs pueden funcionar como una poderosa herramienta para aquellos que escarban en la intimidad ajena, sea con las intenciones que sean… 😉

    Responder
  2. Martha Beatriz dice:
    lunes 8 de agosto de 2005 a las 5:17 pm

    !Ay la privacidad!: aqui es fundamental, porque las transaciones comerciales,- al contrario que en Venezuela – están basadas en la confianza, eso de presentar el primer pasaporte de la abuelita materna para validar una transación de tarjeta de crédito no se estila, pero, por eos mismo, con esto de las ultracomunicaciones se está sujeto, no solo al uso inescrupuloso de tus datos por los comerciantes, si al robo de identidad, delito serío para el que lo comete y desastroso para la víctima, ya que alguien se hace pasar por tí financieramente, dañando reputaciones y créditos. El «ladrón» pide créditos en tu nombre, compra bienes, sirve de fiador y no paga…tu por supuesto eres localizado por los acreedores y empieza allí una lucha que puede durar años hasta que se restaura ti salud financiera. La paradoja es que los que mas sufren de esto son los que más responsables son con el asunto de sus cuentas: un militar que trabajaba en la Casa Blanca, fué robado de su identidad…si no se tiene cuidado, el riesgo es grande de caer.

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  3. El Tecnorrante dice:
    lunes 8 de agosto de 2005 a las 6:34 pm

    Importante que la gente vaya aprendiendo a generar claves (passwords) mas seguros que el nombre del hijo, la fecha de nacimiento o el número de la cédula.

    Buen post!

    Responder
  4. Vir dice:
    martes 9 de agosto de 2005 a las 2:28 am

    Cuánto desconozco sobre la cinematografía de Wim Wenders. Sólo he visto dos de sus películas, entrañables:
    Tan lejos tan cerca , Paris Texas He imaginado ‘Relámapago sobre el agua’,ya que me la han comentado maravillosamente. Y aún me faltan por ver varias… como la que has descrito.
    Es verdad, que el cerco se va cerrando y solamente los pensamientos más íntimos están guardados.

    Salutes Jorgeletralia.

    Responder
  5. Jorge Gómez Jiménez dice:
    martes 9 de agosto de 2005 a las 6:13 pm

    Top, no digamos que es una esperanza… Me parece mejor el término certeza. Hace unos días un blog me condujo hacia un test de coeficiente intelectual sólo-para-geeks y me hizo gracia una de las preguntas: «Cuando conoces a alguien, ¿lo googleas?». Claro que me reí con risa culpable.

    Así es, MB, uno se vuelve famoso y ya puede irse despidiendo de su privacidad. Me cansa firmar tantos autógrafos al día. 🙂

    Tecno, el otro día sorprendí a un amigo entrando a su cuenta en Hotmail, delante de él, para que viera lo peligroso que puede ser una clave tan indiscreta.

    Vir, París, Texas es un tesoro. No te lamentes por las que no has visto aún.

    Responder
  6. Topocho dice:
    miércoles 10 de agosto de 2005 a las 9:37 pm

    «París, Texas» es un espectáculo de película, todo, todo, todo, la fotografía es genial.

    Responder

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Mi nombre es Jorge Gómez Jiménez. Soy escritor y edito desde 1996 la revista literaria Letralia, Tierra de Letras.

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